Carta a un cabrón

Fuiste un cabrón, y lo sabes. Todas esas dulces palabras que acababan en una manipulación que yo no sabía (o no quería) ver – a mí me enseñaron a ir de frente, a no tener dobleces, a mostrarme tal y como soy-, fueron una a una aniquilando lo poco o mucho que de mí quedaba. Yo aprendí a dejar libres a las personas para que hagan –o no- parte de mi vida. Pero tú no, tú querías a toda costa tener a alguien a quien echar tu porquería, a quien hacer sentir inferior que tú ¿para qué? Ahora lo sé; para sentirte algo porque en el fondo, no te sentías nada.

Lo conseguiste; me dejaste sola. Con tus sutiles palabras hiciste que, poco a poco incluso abandonara a mis amigos, mi vida social, que replegara mis alas y me quedara recluida en esa jaula que me habías construido.

Las jaulas siempre son para quitarnos la libertad
Las jaulas siempre son para quitarnos la libertad

De diamantes, pero jaula.
Llena de regalos para limpiar tu conciencia, pero jaula.
Con una vista espectacular, pero jaula.

Y tú, feliz, porque por fin el bufón del reino se había convertido en rey.
El bufón de tu propio reino.

“Mi reina”, me llamabas. Entonces, ese día, yo sabía que tocaba beso. Si no me otorgabas de buena mañana el título, ya sabía que tocaba bofetón, pero no de los que duelen físicamente, no de los que se muestran por la calle y todo el mundo sabe a qué se debe, no de los que puedes denunciar sin que te tomen por pusilánime, sino de aquéllos sutiles, de aquéllos que van minando, que te van haciendo sentir minúscula, indigna de ser tratada bien. ¡Cuántas veces pensé que ojalá hubieran sido de los otros! Así, al menos, habría sabido claramente que lo que estaba viviendo eran malos tratos porque, pasado este tiempo, lo tengo claro: No eres un cabrón, eres un MALTRATADOR. Y sé que tienes tus razones, escondidas bajo toneladas de traumas. Y sé que la vida y las personas que debían amarte no te han amado como cualquier niño se merece, pero la realidad es esa; eres un maltratador. Quizás no lo sepas (recuerda cómo a veces en nuestras largas conversaciones me decías que yo era la luz que aportaba claridad a tus muchas sombras), así que este es mi último regalo para ti: asúmelo, eres un maltratador. Quizás así y sólo así podrás optar algún día a tener un mínimo de tranquilidad. Quizás así y sólo así puedas llegar a ser un hombre de verdad.

Me apena que los buenos momentos sean simples borrones en mi memoria. Me apena que mi corazón se acabara cerrando a ti, para lo bueno y para lo malo. Me apena pensar que entre todas esas sonrisas sólo hubiera un afán; el de crear a tu alrededor un mundo en donde tú y sólo tú fueras adorado. Pero lo que más me apena de todo es que yo cayera y callara en tu juego. No te culpo de todo lo pasado; yo dejé que pasara. Y sí, también tengo mis razones para ello y todo esto me ha forjado, me ha hecho asumir mi parte de responsabilidad en mi vida, en mis lágrimas, en mis momentos malos. He aprendido a amarme desde mi propia sombra, a conocer mis miedos, mis puntos débiles y no negarlos. Sí, yo también tengo mis razones, razones que, tal vez, se remonten a la misma época en la que tú comenzaste a sentirte el bufón de tu propia corte. Razones que me dejaron sin autoestima, sin reconocer mi propio derecho a ser amada por lo que soy y no por lo que hago. Razones que me llevaron a creer que sólo tú podrías estar a mi lado, que mi luz era para la sombra de los demás, negando ver la mía. No te voy a señalar con el dedo, porque he aprendido que lo peor no es lo que tú me hiciste, sino lo que yo me hice a mí misma.

Recuerdo el día en que en el rellano de esa fría escalera me levantaste la mano. Recuerdo caerme al suelo, temblando, presa del pánico más horroroso que jamás he vivido. Recuerdo la soledad que sentí cada milisegundo, el corazón palpitando, los músculos tensos, a punto de romperse, y las lágrimas brotando. Y recuerdo tu mirada, fría, heladora, punzante. Jamás he sentido un frío tan espeluznante como aquél. Jamás me he sentido tan pequeña como entonces. Y lo supe, era el momento de abandonarte a tu suerte, de dejarte entre el sudor y la mala conciencia, de romper la jaula y volar bien lejos. Y lo hice. Y me perseguiste. Y con tu mea culpa , tu sonrisa y un «te amo» replegué las alas y volví a mi diamante de lágrimas. ¡Qué poco me quería como para valorarme por algo tan vacío! Y que poco para permitir que esa fuera la primera de varias decenas de huidas infructuosas.

Pero no te creas que estas palabras son palabras de reproche o de resentimiento, no. Yo te he perdonado. He entendido lo que pasó, he entendido mis razones, las he amado, aceptado y cambiado. Me he perdonado. Pese a ti, obtuve mi gran regalo; a mí misma. Conocerme, amarme, aceptarme y convertirme en la mujer que a día de hoy soy ha sido mi propio regalo. Me diste una semilla que planté en un desierto creyendo que si la regaba y mimaba lo suficiente me daría cientos de rosas pero sólo me dio espinas. Sin embargo entre todas ellas una pequeña flor comenzó a abrirse y es ahora cuando entiendo que para poder tenerla entre mis manos tuve que caminar entre todas esas espinas. Está bien, no me arrepiento de todos los arañazos, de las heridas, de la sangre brotando; obtuve mi flor, especial, maravillosa y mágica. Mágica porque una vez que la tuve entre las manos, no pude dejar de sentirme llena por su olor. Mágica porque aunque a veces no la quería siquiera mirar (es más fácil vivir en las espinas conocidas que atreverse a cultivar belleza desconocida) ella seguía creciendo fuerte, esbelta, digna. Mágica porque cuando la sentí mía, de repente, se comenzó a multiplicar. Mágica porque un día, al abrir mis ojos, el desierto se había cubierto de cientos, de miles, de millones de colores. Y las espinas eran ya sólo un lejano recuerdo. Sólo eso es suficiente como para perdonarte, agradecerte la diabólica semilla y dejar marchar todo el pasado.

Han pasado varios años ya y sé que hice lo correcto. No sólo me liberé de ti, sino de mis necesidades. No sólo no me machaqué a mí, sino a cualquier otra persona con tu sombra. He recorrido mundo, externo e interno, he aprendido, he viajado por luces y sombras. He recuperado mi sonrisa, mis ganas de reír, de carcajearme con la vida. He vuelto a saltar en las baldosas de la calle mientras me invento una canción. He vuelto a desplegar alas, a bailar aunque no sepa, a disfrazarme porque sí, a ponerme calcetines de rayas, a hacer burbujas con una pajita en el batido, a escribir con los dedos cuando cae nieve, a emocionarme con las películas, a sonreír a desconocidos y sacar la lengua cuando me miran demasiado. He vuelto a reconocerme en el espejo y devolverme la sonrisa. He aprendido a ser amable conmigo misma. Y a saber que, sin rencor, sin reproches, sin resentimiento, sin amargura, no quiero a nadie como tú en mi vida. Con la tranquilidad de alguien que sabe lo que es mejor para ella, sin dramas, sin odio, sin enfados. Con el amor por mí misma como bandera.

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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