Comienza el otoño, sí. Y a mí ya no me gusta.

otoño01… en estos momentos, de verdad.

Desde mi ventana veo llover, una lluvia fina que golpea los cristales. El tiempo está llamando mi atención, golpeando como una madre amorosa que intenta despertar a su pequeño.

“Haz lo que tienes que hacer”,  dice sigiloso.

El tiempo pasa. El tiempo no existe, pero pasa. Y, a veces, por ciegos, sólo nos damos cuenta de ello cuando la luz se convierte en sombra, cuando el calor se convierte en frío.

Cuando tenemos que cubrir nuestro cuerpo. Cuando ya no podemos hacer aquéllo que realmente disfrutamos en la vida.

Y, mientras, se escurre la vida por ese imperneable que nos ponemos a modo de escudo, a lo largo de ese disfraz que vivimos.

Recuerdo cuando pesaba casi 140 Kgs (porque mi vida, Señores, no se resume en años, sino en Kgs que pesaba) lo feliz que me hacía la llegada del otoño. Nunca me ha gustado el mal tiempo, pero en aquellos entonces era más importante poder cubrir mi cuerpo que disfrutar de la vida, era más importante tener una excusa para no salir de casa que abrirme a vivir. Era más importante pasar desapercibida que ser yo.

Mi primer otoño fuera de sobrepeso fue genial. Pude -por fín- confesar que no me gusta el otoño, que yo, por coqueta, soy fan de las sandalias. Pude gritar a los cuatro vientos que yo prefiero que el sol toque mi piel, que me gusta mostrar lo que conseguí por derecho y esfuerzo propio, que prefiero vivir semivestida en mi casa sin que ello suponga atentar, a base de calefacción, contra el medio ambiente.

Pude, por fin, ser yo.

 

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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