La comodidad, ¡déjala para los zapatos!

Hoy, mientras enfrentaba la hoja en blanco para escribir el artículo de la semana, me he dado cuenta de una cosa: el miedo que tenemos a un papel en blanco. Y por papel en blanco me refiero a cualquier capítulo de nuestra vida que tengamos que rellenar.

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Solemos anclarnos en lo que nosotros consideramos que deben ser las cosas, en un camino que muchas veces nos han dicho que se debe llevar de tal o cual forma. Y es lo cómodo porque eso lo tenemos controlado y sabemos cómo funciona, nos guste o no. Y ese control nos hace sentir seguros. Es lo que en coaching se llama “la zona de confort”.

La zona de confort es una serie de límites, creencias, acciones  y reglas que asumimos como propias y a las cuales nos acostumbramos, y, por tanto, nos resultan cómodas. Por ejemplo, sales una noche y vas a una discoteca. Te quedas en la barra charlando con algún amigo y, en un momento dado, tu grupo de amigos deciden ir a la pista a bailar. Tú siempre eres quien se queda con los abrigos y, aunque estés deseando bailar, decides seguir siendo quien cuida de los abrigos. En el fondo, te has quitado un peso de encima: nunca has bailado, no sabrías cómo lo harías, o si harías el ridículo, así que no ir a bailar a ti te supone saber qué va a suceder y, por tanto, te sientes a gusto.

Aquello que hace parte de nuestra zona de confort es algo que manejamos sin problemas, porque estamos acostumbrados, porque lo hemos hecho incontables veces y porque no nos produce una reacción emocional. Es decir, sabemos exactamente qué va a pasar. Sin embargo, salir de esa zona de confort nos produce miedo, inseguridad, no sabemos qué va a suceder, cómo podemos reaccionar nosotros o los demás, nos puede provocar verdaderas reacciones de ansiedad y, obviamente, para enfrentarnos a algo que desconocemos tenemos que estar seguros de querer conocerlo.

Por tanto, el beneficio de continuar en la zona de confort es claro: estar en un entorno seguro que nos garantiza que las cosas son como están siendo ya y no nos podremos en peligro de ningún tipo. Sin embargo, el coste es más elevado que el beneficio: nos quedamos estancados y dejamos de hacer cosas que queremos hacer.

En un nivel sencillo esto nos puede suponer no cambiar de champú o de compañía de teléfono y pagar más, por ejemplo. Pero en niveles más severos puede suponernos quedarnos anclados en la infelicidad más absoluta y sentir que nuestra vida y nuestra existencia no tiene sentido.

Recuerdo una vez una clienta que llegó a una conclusión: no quería abandonar su depresión porque consideraba que toda su vida había sido infeliz. El estado depresivo era lo que ella conocía (o ella creía que había conocido toda su vida) y por tanto lo conocía a la perfección, sabía cómo comportarse, cómo los demás se comportarían con ella, sus responsabilidades, etc. Tenía absoluto control de su vida si la vivía sumergida dentro de la tristeza. ¡Ojo! Estamos hablando de un caso en donde factores fisiológicos no eran relevantes. El caso es que ella decía que tenía miedo de dejar esa tristeza vital porque desconocía lo que era la felicidad y, por tanto, ella estaba cómoda dentro de su melancolía constante.

Este caso puede parecer severo, pero a veces, sin darnos cuenta, es lo mismo que nos sucede a la hora de resistirnos a comenzar un proceso de pérdida de peso. Por ejemplo, las personas que hemos sido obesas una gran parte de nuestra vida nos identificamos con esa obesidad; somos las “gorditas guapas”, o “el rellenito del grupo” y ese papel lo controlamos, lo sabemos realizar a la perfección: lo hemos realizado una grandísima parte de nuestra vida. Por tanto, a veces, inconscientemente tenemos miedo a salir de esa zona de confort y tener que reescribir un papel nuevo que no sabemos si los demás aceptarán, si nos sentiremos a gusto o si partes de nuestra personalidad que estábamos ocultando con esos quilos de más saldrán a la luz y la aceptarán o la aceptaremos nosotros mismos.

Otras personas que se enfrentan a la hora de, por ejemplo, asumir una dieta pueden tener un miedo al hecho de enfrentarse a un control de la comida. En su zona de confort comen lo que quieren, cuando quieren, sin importarles si han de cocinar o no y de cómo han de hacerlo y eso les quita un problema de encima: tener que pensar en su alimentación. Si abandonan esa zona de confort tendrán que dejar de tener esa comodidad y empezar a cocinar, cosa que les puede incomodar, o el simple hecho de dejar de tener a su alcance todos los alimentos disponibles en el mercado les incomodan porque no saben cómo reaccionarán ante ese estricto control.

Zonas de confort hay tantas como personas. ¿Te has planteado alguna vez si estás en la situación en la que estás por comodidad? Sé sincero contigo mismo. No pasa nada, todos tenemos zonas de confort y todos las usamos. El quid de la cuestión es qué beneficio nos aporta mantenernos en esa zona de confort y qué beneficio nos aporta abandonarla. Repasa en qué áreas de tu vida mantienes una zona de confort que no te beneficia. La buena noticia es que ¡puedes salir de ella! Y cuanto más lo hagas, más te acostumbrarás a tomar las riendas de tu vida y ser la persona que quieres ser.

 

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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