La felicidad es postureo

hipsterafeit01“¿Por qué no soy feliz? Hay veces en las que estoy triste y no quiero estarlo” me decía hace poco tiempo una amiga. Tomábamos café lentamente. Yo, por saborearlo -soy muy cafetera-. Ella, entre frases y culpabilidad. Y ambas, entre dos barbudos con gafas de pasta que no dejaban de comparar el café y el bar de Manolo con el del Starbucks. Si lo que quieres es el café -para mí aguado y caro- del Starbucks y el postureo con el ipad en la mano ¿Qué demonios haces aquí? Porque Manolo no pasará de los cruasáns pero tiene el mejor café de la ciudad.

Mientras ella, mi amiga triste, iba al servicio saqué el móvil y abrí una de mis redes sociales. Y cuál fue mi sorpresa al ver que ella había subido una foto en esa terraza cuyo pie rezaba “Disfrutando de un café con mejor compañía. ¡La vida es maravillosa! Sólo tienes que disfrutar de las pequeñas cosas. #felicidad #café #terraza ” y me cabreé, así en plan confianza – porque cabrearse es cuando tenemos confianza, cuando no, simplemente nos enfadamos-. Y entonces lo entendí; la felicidad es postureo. Y me acordé de Mad Men, una serie que retrata la vida de los trabajadores de una empresa de publicidad en EEUU durante la década de los 50s y 60s en donde de alguna manera se ve cómo se vendía la perfección. En aquéllos entonces, la perfección era tener una familia, una esposa preciosa, tajarse a base de whisky, irse de putas y tener el bolsillo lleno. Y, para ellas, la felicidad era un gran armario, poder ser lucida del brazo de un “ganador”, tener unos hijos perfectos e ir de compras a la gran ciudad de vez en cuando.  Y la perfección daba, sin lugar a dudas, la felicidad pero siete temporadas no pueden subsistir a base de osos amorosos y sonrisas, así que no sólo los conflictos externos, sino los internos, mostraban una realidad más falsa que la publicidad de Hacienda, esa que rezaba que “Hacienda somos todos”.

Hoy en día, la perfección se nos vende directamente asociada a la idea de ser felices; si somos felices, positivos, resilentes, estamos contentos, aceptamos la vida como nos viene y no pataleamos, si mostramos a los demás que mantenemos la calma en todo momento y si, por supuesto, el optimismo es nuestra bandera, seremos felices y, por tanto, perfectos. Por eso mi amiga, la triste, subió la foto, la alegre, a las redes sociales; no podemos mostrarnos infelices porque exponemos nuestras “imperfecciones”. Por eso los barbudos de gafas de pasta pataleaban por no estar en el Starbucks pese a un magnífico café, pues unas sillas de tubos metálicos no es donde se suponía que alguien fashion debía estar. Porque al final, todo es postureo sin entender que da igual los estándares que se nos impongan; si éstos no van conmigo o me hacen negarme ser como soy, jamás me encontraré conmigo mismo, jamás encontraré esa deseada felicidad.

Sorbo de café va, sorbo de café viene pensé en cuánta decepción habría si en vez de vender la idea de la felicidad empaquetada promoviéramos la idea de la autenticidad liberada. Abrí de nuevo la red social y vi la foto de un exalgoquenuncallegóanada recién afeitado y lo pude cuantificar: casi tanta como cuando ves a uno de esos superbarbudos buenorros sin barba.

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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