La Kublër-Ross en Bali

A veces vivo en tal vorágine que ni siquiera sé la fecha. Hoy María, mi gran compañera de hazañas desde la adolescencia, me ha hecho darme cuenta de que se acercaba la fecha de todos los Santos. Y entonces me he puesto a pensar en mi admirada Kublër-Ross y lo feliz que hubiera sido ella en Bali.

Cuando estuve en Bali, tuve la gran suerte de dar con Jocko. Jocko es un hombre menudo, pero la paz que desprende y la bondad le hacen grande, muy grande. Tanto es así que hubo un día que simplemente se acercó un señor al coche, un señor -como a otros cientos- que él conocía y le dijo a Jocko que había algo que me gustaría, algo que era muy especial y que “a una occidental tranquila le gustará” así que me llevó a vivir una gran experiencia: un ritual de cremación. O, lo que nosotros conocemos como entierro. Si bien en Bali se dice que viven para los rituales, el que más enjundia tiene y para el que más tiempo se preparan, durante años incluso, es la cremación. Una ceremonia muy especial, en donde todo el mundo vive el momento, celebra con sus muertos la vida que han tenido, sacan sus mejores galas y gastan cantidades increibles de dinero para poder celebrar sólo una cosa: que los han conocido.

Mi familia no es demasiado de “celebrar” todos los Santos. Creo que yo nunca, incluso cuando no tenía capacidad de decisión con mi tiempo, he ido a un cementerio a celebrar estas fechas. Quizás por el caracter de mi madre, quien siempre me ha hablado de la muerte como algo muy natural, y ese halo un tanto triste y sombrío de esta tradición en concreto no es algo que a ella le llegue. En su familia, incluso, estaba prohibido el luto. Y el concepto de “celebrar que me has conocido” es algo que desde niña mi madre me ha inculcado. Así que sí, lo reconozco, más allá de lo pintoresco de la situación, estaba en mi salsa totalmente allí, gozando de una situación que, cuando se habla abiertamente en nuestra cultura, produce rechazo.

De repente un abuelito se me acercó. Estaba dentro de la ceremonia propiamente dicha, me miró con cierto asombro y me dijo “¿Sabes? Nosotros no hacemos rituales por miedo a los dioses, o a la propia muerte. Los hacemos para celebrar la vida, los hacemos porque sabemos del tiempo limitado que tenemos, no sabemos cuándo va a llegar nuestro momento, así que vivimos, vivimos al máximo”. Kublër-Ross se hubiera muerto de hambre si hubiera sido balinesa. Pero hubiera sido realmente feliz.

¿Para qué celebramos los Santos? Más allá de los dulces y de las flores, la tradición como la conocemos no es adaptativa si no la usamos para meditar en el sentido de lo que estamos haciendo. Quizás no tanto por la tradición en sí, sino por la poca trascendencia que tiene en nuestra vida. Vamos al cementerio, ponemos flores (como decía mi abuelo… ¡ni que las fuera a oler desde allí dentro!) mostrando nuestro respeto, pero ¿hasta qué punto trasciende en nosotros la paz de haber conocido a unas personas como esas en post de la tristeza de haberlos perdido? ¿Para qué usamos esta tradición?

Como decía Kübler-Ross,

No hay alegría sin dificultades. ¿Si no fuera por la muerte, apreciaríamos la vida? ¿Si no fuera por el odio, sabríamos que el objetivo final es el amor? …

 

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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