Las E que son 3

Tengo una dislexia suave, fina, bien puesta. Una dislexia que me lleva a tener días en los que he de pintarme en la mano una I para la izquierda y una D para “la otra izquierda”, a exasperar a mi GPS cuando no sigo ni una de sus indicaciones o a mirar un archivo de Word lleno de líneas rojas que me muestran mis errores y no ser capaz de ver cuáles son. Una dislexia de esas que en EGB te hacían pasar por gilipollas -o retrasada- y a día de hoy me genera más risas que complejos.

De hecho, es eso justamente lo que pensaban que tenía; retraso de aprendizaje. El número 5 lo hacía al revés, y todavía se me cuela algún “5” rebelde; siempre he tenido (y sigo teniendo) dificultades serias para discernir si una E es un 3 o viceversa; aún se me mueven letras y sílabas cuyos cambios me pueden provocar carcajadas cuando, por fin, me doy cuenta del error. Pero cuando eres una dulce y extraña niña que, encima, adora las letras, eso es un infierno. Me esforzaba, juro que lo hacía, pero mi mente iba por su lado, jugando a presentarme el mundo de otra manera completamente diferente. Mi suerte fue que a mis padres les dijeron que tenía retraso y ellos, ni cortos ni perezosos, se rebelaron.

En casa se decidió que, si eso era así, habría que apoyarme y ayudarme a avanzar, así que a leer, leer en voz alta, leer en voz baja e incluso leer cantando y escribir, todos los días, todo lo que pudiera. Yo me iba a los dibujos y me inventaba historias, pero el orgullo propio hacía con que volviera a la tarea y que, poco a poco, desarrollara mis propias estrategias. Y, finalmente, un día conseguí que todo fluyera.

Me diagnosticaron dislexia en la facultad cuando, al hacer parte de un experimento, el profesor me llamó y me dijo en voz susurrante, casi como si fuera un secreto del que avergonzarse, que esperaba que supiera que era disléxica. Obviamente, no lo sabía. Pero tampoco me importaba. Es más, creo que haber superado la dislexia -o quizás haberla integrado sin que me afecte realmente- lo conseguimos porque no sabíamos que era disléxica.

Cuando sabes que eres algo, te comportas como tal. Asumes lo que ese algo que eres lleva implícito, lo haces tuyo, lo haces parte de tu identidad. Y lo aplicas.  Así, los refunfuñones lo son porque creen que lo son; los simpáticos, por lo mismo; los jefes déspotas porque consideran que en el rol de jefe debe haber despotismo. Y así con todo. Cuando etiquetamos a alguien, o nos etiquetan, o nos etiquetamos, acabamos comportándonos como la etiqueta nos dice que tenemos que hacerlo. Y, además, nos ofrece una razón, incluso excusa, perfecta para hacer o para no dejar de hacer según qué cosas. Soy una tardona, lo sé y el resto de mi mundo también, así que me comporto como tal y -casi- nunca llego a una cita antes de tiempo. Bueno, vale, siquiera a tiempo. Mi etiqueta de tardona me permite hacerlo, y yo la aplico. No hay mucho más.

Ustedes entenderán, llegados a este punto, lo peligroso que puede ser etiquetar. Si esa etiqueta se la aplicamos a un niño, perdón pero, le jodemos la vida. Incluso si no se la contamos porque nosotros, en nuestro afán de ayudar, simplemente le tratamos de manera diferente. La suerte quiso que ni mis padres, ni los profesores ni yo misma supiéramos en los años 80 qué era la dislexia y ellos no me trataron de forma diferente, como si mis neuronas taradas supusieran un hándicap, como si mi ruptura cerebral hiciera de mí algo delicadito que debía ser protegido de todo y de todos. Pero me pregunto qué impacto puede estar teniendo en esos niños diagnosticados con trastorno de déficit de atención sólo por ser niños inquietos, o aquéllos que llevan el sambenito del trastorno negativista desafiante porque no han recibido una disciplina de parte de unos padres que se sienten culpables por trabajar demasiadas horas.  Diagnosticar o etiquetar a veces nos da tranquilidad porque la etiqueta nos da una razón para aquéllas cosas que no entendemos. Ponerle nombre al monstruo nos hace saber con qué armas contamos para desarmarlo. Hasta ahí bien. Pero ¿hasta qué punto debemos dejar que una etiqueta haga parte de lo que somos?

Ahora, imaginen que esa etiqueta no es un diagnóstico de nada, sino “simplemente” ser un gordo, ser un desastre, ser un maleducado o cualquier otra cosa que se les ocurra. No hace falta recurrir al informe de nadie que tenga un número de un colegio de psicólogos, de médicos o de charlatanería virtual, para tener etiquetas. Fíjense en cosas que creen que son. ¿Les está limitando la vida? ¿Les hace sentir mal consigo mismos? Si es así, dejen de verse como tales, de comportarse como lo que creen que son y fórjense una nueva identidad más acorde con lo que realmente quieren ser. No es nada fácil, lo sé, pero pueden comenzar por dejar de comportarse como lo que ustedes mismos dicen ser. 

Si hubiera sabido que era disléxica, probablemente ustedes no estarían leyendo esto, ni yo hubiera escrito mis libros, siquiera -tal vez- hubiera llegado a estudiar una carrera. Mi vida, casi con total certeza, habría sido diferente. Y yo también. Mis E que son 3 y mis 3 que son E serían un recuerdo de algo doloroso, y no algo que, simplemente está ahí. Habría vivido mi vida desde mis limitaciones y no desde mis capacidades. Y no tendría esas carcajadas que yo misma disfruto cuando el GPS de mi coche me advierte de que si no le hago caso, se suicidará.

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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