5 cosas a las que tuve que dejar de tener miedo para adelgazar (I)

Miedo a adelgazar. Parece mentira ¿verdad? ¡Si es lo que más queremos en nuestra vida! Pero cuando nos cerramos, nos bloqueamos e incluso nos autosaboteamos, quizás la reflexión sea plantearnos a qué tenemos miedo. Porque el miedo da justamente eso: nos bloquea.

El miedo a adelgazar es mucho más común de lo que nos imaginamos. En muchos casos viene determinado porque el hecho de estar gordas es lo único que conocemos, en otros porque quizás -pensamos- tendremos que hacer un cambio muy drástico de vida. En otros, porque eso nos va a confrontar con partes de nosotras que no queremos ver… Si quieres adelgazar, un buen ejercicio es comenzar a ser honesta contigo misma y ver qué miedos pueden estar presentes. El miedo, paraliza. Si estás paralizada quizás es hora de que mires cara a cara a tus miedos. Yo lo tuve que hacer y algunos de esos miedos ¡me sorprendieron! Porque, ¡claro! ¿Cómo iba a tener yo miedo, si me consideraba una mujer muy “echá’pa’lante”? Pues ahí estaban, haciéndome la puñeta. Y cuando me di cuenta de que existían, comenzaron a desaparecer

Estar siempre a dieta.

¿Quién no ha escuchado eso de que si empiezas una dieta vas a tener que estar toooooooda la vida a dieta? Pues mentira, mentira cochina. Eso parte de un pensamiento dicotómico en donde o estás a dieta estricta o todo vale. Pero no es así. Un proceso de adelgazamiento nos tiene que enseñar a comer de forma equilibrada y saludable y a tomar consciencia de que lo normal no es comerte dos palmeras de chocolate al día, o una paella, pollo con patatas fritas y un arroz con leche, merendar medio bocata de chorizo y cenar los tallarines que le sobran a tus hijos. Cuando tomas consciencia de que tú eres la responsable de alimentarte correctamente y que éso no es estar a dieta, empiezas a pensar en la dieta como algo temporal y el miedo comienza a desaparecer.

 

No poder volver a comer determinados alimentos

Y es que consideramos que para mantener el peso, hay cosas que vamos, ¡ni olerlas! Pero nada más lejos de la realidad; se puede comer de todo, pero hay que saber cuándo. No me considero una talibán de la vida sana y, desde luego, esta corriente de comida ultramegahealthy que se está poniendo de moda en donde se condenan alimentos e incluso grupos de ellos me parece una mamarrachada. Y a todos los médicos, nutricionistas y científicos que conozco, también. El otro día me decía uno de ellos con sorna “estoy esperando el día que salga un estudio cinentífico diciendo que la quinoa incrementa la resistencia a la insulina o el nivel de antibióticos en sangre, a ver qué hacen”. Y es que, efectivamente, la comida va por modas. Hace años, el pescado azul era nuestro gran enemigo y ahora es un gran aliado. La soja hace años era la panacea para las mujeres y ahora resulta que puede volver a nuestras hormonas locas. El aceite de oliva era satánico y a día de hoy es un ángel caído del cielo ¡Claro que vas a poder volver a comer chocolate! Pero sabiendo cúando y ajustando el paso de una tableta a unas onzas. Y esa paellita rica rica de tu madre… También. Una vida sana se puede hacer perfectamente sin tener que llegar a extremos, simplemente aprendiendo y, ante todo, viviéndolo como una forma más de cuidarse.

 

Ser una gorda en cuerpo delgado

Cuando oigo éso a chicas que han adelgazado, se me cae el alma a los pies. Primero por ver cómo identifican lo que ellas son con su cuerpo. Y segundo, porque si vivimos desde esa perspectiva nos lo ponemos en verdad difícil. Yo no soy una gorda en cuerpo delgado. Soy una mujer normal que estuvo gorda por determinadas circunstancias. Punto. Y es mi responsabilidad conocer esas circunstancias y hacer que no se repitan. No hay más. Pero es muy fácil autoexcusarse si volvemos a los atracones o a engordar cuando vivimos desde el “ser gorda en cuerpo delgado” porque éso es lo que hace una gorda (comer y engordar) y yo lo soy aunque haya adelgazado. Así que vivir desde esa perspectiva nos hace difícil no sólo mantener el peso, sino la autoestima.

 

Decir “no” a cosas que realmente no quería hacer

Y es que hay cosas que no queremos hacer pero pensamos que si las verbalizamos, nos tomarán por tontas, miedicas, raras o absurdas. Por ejemplo, a mí no me gusta nadar, no lo hago bien y, por causa de un episodio que tuve siendo niña, le tengo más miedo que respeto al agua. Así que estar gorda me venía perfecto para decir que no cuando mis amigos montaban una excursión a las piscinas naturales o incluso a la playa, sin tener que asumir mi trauma ante ellos. Cuando entendemos que tenemos derecho a decir no, ya no necesitamos la excusa del sobrepeso y ese miedo a que nos tomen por raras se disipa.

 

Decir “sí” a cosas que quería hacer

Pero que por vergüenza no me atrevía. A veces queremos cosas pero nos avergüenza quererlas porque se supone que no se han de desear, o que desear determinadas cosas nos puede convertir en vanidosas o porque las hacemos mal. A mí me encanta bailotear. Pero, pese a que de pequeña hice ballet, me considero un pato mareado. Pero me encanta. Pero soy un pato. Pero me gusta. Pero no se me da bien. Pero…. ¡Arg! Estar gorda acababa con ese diálogo. Como estoy gorda no puedo bailar que me duelen los pies. Ya no tenía que enfrentarme con el hecho de no hacer algo bien o de que no era tan echa’pa’lante. Cuando entendí que tengo derecho a decir que sí a todo lo que desee y que no tengo que ser perfecta en todo, mis kilos dejaron de tener sentido.

Os dejo con estas cinco cositas para relexionar, aunque hay más. De hecho, si lo pienso, hay muchas más, pero para comenzar a dar una vuelta de tuerca a esos bloqueos, creo que está bien para empezar. Sea como sea, ten en consideración una cosa: si estás paralizada, hay algún miedo. Pero los valientes no es que no sientan miedo, es que no dejan que éste les paralice.


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Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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