5 cosas más a las que tuve que dejar de tener miedo para adelgazar (II)

 

Hace unas semanas hablamos de cinco cosas a las que tuve que dejar de tener miedo para adelgazar. Si soy sincera, no fueron las únicas, de hecho sé que hay más, muchas más. Por supuesto, ésto del miedo es como los gustos; cada cual tiene los suyos. Pero quizás estos miedos que te confieso hoy, te ayuden a entender los tuyos.

Como os decía el otro día, el miedo a adelgazar es muy habitual, aunque a veces nos parezca una contrariedad. Pero, ¿sabéis por qué nos ocultamos los miedos? Porque “está mal” tener miedo, eso es de cobardes y ¡nadie quiere ser un cobarde! Además, los miedos nos protegen. Nos protegen de cuestiones que, quizás, mirándolas de una forma seria, racional o “adulta” las encontramos ridículas. Por ejemplo, recuerdo el caso de una de mis clientas que acabó por asumir que tenía miedo a sus hijos de 2 y 4 años de edad. ¿Cómo voy a tener yo, una mujer hecha y derecha, miedo a dos enanos de corta edad? ¡Eso es una ridiculez! Puede ser que lo sea, pero el miedo estaba ahí. Pero, ¿cuál era el miedo en realidad? A no ser  capaz de imponer la disciplina necesaria a esos pequeños duendes traviesos que no dejaban nada sin romper o tocar a su paso.  Si no le ponemos nombre y apellidos al monstruo, no sabremos qué armas poder usar para matarlo o, cuanto menos, adormilarlo lo suficiente como para que nos deje en paz.  Yo os presento alguno de mis mosntruos. Espero que os sean útiles.

No poder echar las culpas de todo lo que me pasaba a mis kilos de más

Porque, claro, si no ascendía en mi trabajo es porque las gordas no se las considera y no porque mi timidez me impidiera destacar. Si no tenía una buena pareja es porque los tíos son unos superficiales que no quieren a las gordas, no porque yo fuera tan insegura que los espantaba. Si me miraban por la calle no era porque mi forma de vestir no fuera la habitual o porque mis tatuajes se ven a metros de distancia, sino porque era gorda. Y, de esa manera, todos  mis males dependían de mis kilos y no de lo que yo era o hacía en mi vida. Los kilos son la excusa perfecta para no tener que mirar qué ajustes necesitamos hacer en nuestra vida y eso ¡da miedo! Te saca de un plumazo de la consabida zona de confort. Tienes que empezar a mirarte con sinceridad, a trabajar lo que no te gusta y a admitir que lo que tienes en tu vida y lo que te pasa parte de cómo tú misma te tratas.

 

A que me vieran

Quizás suene un poco incoherente; a la gente gorda, se la ve. Y si encima tu forma de vestir no es la habitual, más aún. Pero, de alguna manera, creo que me tapaba tras mis kilos de más. Mi personaje estaba claro; la gorda sin complejos que hacía y vivía lo que le daba la gana, que vestía como quería y parecía que le daba exactamente igual lo que dijeran de ella. Pero era éso, un personaje. Si el personaje dejaba de existir, ¡horror! La gente iba a ver a la verdadera Eva, esa chica tímida, insegura, llena de heridas sin curar y de cicatrices que le recordaban cosas que luchaba por olvidar. Esa chica que había vivido demasiado para su edad y que se negaba a que la miraran con pena. Así que, ¿qué mejor que la gente se quedara en el “¡cómo mola una gorda sin complejos” ? Pero aprendí y acepté que cada herida, cada cicatriz, cada experiencia de mi vida; me habían hecho ser lo que era y que estaba en mi mano dejarme apabullar por ellas o integrarlas. Cuando me di cuenta de que no hay nada de malo en admitir tus heridas de guerra y en haberlas tenido, dejé de tener miedo a que me vieran. A que vieran a la Eva de verdad.

 

A dejar de ser yo

Siempre había estado gorda, rellenita, gordita o como quieras llamarlo. En realidad, no conocía otra cosa porque desde los once o doce años, es lo que había sido.  Sí, había adelgazado en alguna ocasión, pero lo había vuelto a recuperar y con regalo. En realidad, estar gorda, ser gorda y vivir como una gorda, era la única vida que había conocido. Era lo que YO ERA. Me identificaba con mi cuerpo y actuaba según lo que él me indicaba que era: gorda. Y eso era lo que vivía. ¿Y si resulta que dejo de ser gorda y no sé ser otra cosa? Como yo creía que yo era una gorda, eso es lo que era. Y si dejaba de ser gorda, blanco y en botella: dejaba de ser yo. Y entonces, ¿qué sería? ¿cómo me tratarían los demás? ¿Iba a dejar de ser la “gorda guay” para ser una más? Cuando adelgacé lo entendí; dejé de ser la “gorda guay” para ser la mujer que consigue lo que se propone. Y eso sí es lo que soy.

 

A que no me quisieran por lo que soy, sino por mi cuerpo

Si, claro, la gente -y en mi caso, los hombres- son unos superficiales que sólo quieren tías buenas y sólo dan valor al cuerpo, el que estuviese conmigo estando gorda,  ¡ese sí que valía la pena! Ese sí, ese era especial. Porque, obviamente, no me podía querer por mi cuerpo si ni yo misma lo quería. Porque la mayoría lo que quieren son tías buenas que exhibir, pero yo me merecía algo más que eso, alguien de verdad, que me quisiera fuera como fuera. Pero si estaba delgada, ¿cómo me mantendría a salvo de esos superficiales que sólo querían a mujeres florero? ¿Cómo sabría que alguien me amaba de verdad, por lo que era y no por mi cuerpo? Cuando entendí que dejar entrar en mi vida a alguien, es mi responsabilidad y cuando me di el derecho de echar a ella a quien no me aporta lo que creo que necesito y merezco, el miedo dejó de existir porque confié en algo mucho más importante; en mí y mi criterio.

 

A tener que tomar decisiones en otras áreas de mi vida

Si soy franca, sabía que perder peso iba a hacer que tomara decisiones en otras áreas de mi vida aunque, la verdad, no fue así como ocurrió. En realidad lo que sucedió es que al incrementar mi autoestima, conseguí perder peso porque comencé a cuidarme y valorarme y, desde esa perspectiva, buscas lo mejor para ti misma tanto en lo que comes como en lo que vives. Así que tomé muchas decisiones no porque perder peso me hiciera sentirme mejor conmigo misma o más fuerte, sino porque al sentirme más fuerte pude aprender a decir que no a según qué cosas, una de ellas, la comida que no me hacía bien. Pero sé que en mi fuero interno lo sabía; si mi autoestima se incrementaba (equivocadamente creí que eso pasaría al verme delgada) tendría que tomar decisiones que no me apetecían tomar porque cambiarían drásticamente mi vida, como cortar mi relación con un hombre que me maltrataba psicológicamente y del que yo creía estar muy enamorada, cambiar un trabajo que no me llenaba del todo pero que todo el mundo decía que era un trabajo de ensueño e incluso cortar amistades que llevaban años a mi lado pero que yo sabía, aunque me lo negaba a mí misma, que estaban ahí porque eran la “amiga guapa”. Y claro, eso da miedo, mucho miedo. Tomar decisiones siempre da miedo y, sobre todo, cuando son decisiones vitales. Pero cuando entendí que lo que me estaba dañando tenía que salir sí o sí de mi vida, pude dejar de tener miedo a tomar decisiones.

 

Hubiera sido muy fácil escribir sobre el miedo al fracaso o a volver a engordar, pero esos ya son conocidos. Creo que debemos ser sinceras y mirar esos miedos que desconocemos, quizás por tenerlos muy enterrados, quizás por tener miedo a tener miedos “absurdos” pero, sin mirarlos a los ojos, es muy fácil que nos autoboicoteemos a nosotras mismas y nunca consigamos el objetivo de ver en el espejo la mujer que realmente somos. Y de vivirnos como tal.

 


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Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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