Sin peros en la lengua

Era un mes de mayo mitad caluroso, mitad agobiante. Yo sabía que ese sudor frío no correspondía a una subida repentina de la temperatura, ya fuera por el mes de las flores o por mi escote – como tantas veces había sucedido- sino que en esta ocasión se avecinaba un pero.

No crean que ése fue el primer pero que había escuchado en mi vida, aunque sí el más concluyente. Creo recordar que el primer pero que escuché fue a la edad de cuatro años, procedente de la boca arrugada y mandíbulas poco pobladas que alimentaban deficientemente a una vecina de mi abuela, un pero de esos lapidarios que rezaba algo así como “si la chiquilla es un sol, pero muy inquieta”.  La verdad es que he de reconocerles que poco me importó ese pero porque la señora en cuestión, además de pinchazos velludos cuando me besaba, me daba bastante miedo y creo que los niños saben que no se le hace caso a quienes no nos gustan. Qué pena que esa norma tan importante la olvidemos con el paso del tiempo.

Los pero son pequeñas bayetas limpia-conciencias para quienes los disparan y chinchetas para quienes los reciben. Quien te descarga su pero lo suele hacer con una fórmula que le deja más ancho que largo; Quedo como un señor y luego, ¡zas, en toda la boca! Un pero muy manido y ampliamente extendido es ese de “Me gustas mucho PEEEEEEEEERO no quiero estar con nadie”. ¡Qué bien he quedado! En realidad no quiere estar con ella -o con él, que esto de los pero no tiene género-, pero así no le hace daño. De este modo le damos cera a nuestra conciencia, la pulimos y nos quedamos tranquilitos, porque somos buena gente.

Para el receptor es una chincheta porque, aunque haga daño, le puede mantener pegado al cabrito que lo escupió. “Le gusto, pero no quiere estar con nadie; hay esperanza de que cambie”.  Además, como las chinchetas, si le damos la vuelta no hace daño: “no quiere estar con nadie PEEEEEERO yo le gusto”. Justo lo que necesita mucha gente para convertirse en la lapa del caparazón que el emisor impone al lanzar su estratégico pero. Como en este caso, el orden de los factores sí altera el producto, al final nos podemos quedar con lo que nos de la gana, como si el pero predispusiera un bufet libre de opciones en el que puedes escoger la que mejor te venga. Pero no, esas opciones no existen. Te deja. No quiere estar contigo. Punto.

Cuando hay un pero, lo que le sigue debería invalidar por completo lo que le antecede. De esta manera, ni el francotirador se podría esconder de lo que realmente quiere decir, ni el herido ponerse una tirita en espera de que el próximo disparo venga cargado de florecitas, arcoíris y unicornios. Esta clase de pero debería dejar de existir. ¿No sería mejor decir algo así como “Nos gustaría que llegaras a tu hora porque eres bueno en tu trabajo y no queremos que el hecho de que llegues todos los días dos horas tarde enturbie tu labor”? O “Ahora mismo no quiero tener pareja” Y punto. Pero ¡claro! Para eso, la parte que sucede al pero ha de ser verdad. Porque, una de las características del pero es que, en muchas ocasiones, es más falsa que una promesa electoral a un autónomo. Vamos, lo que se viene a llamar “excusa”, aunque ese tema es harina de otro costal. Sin este tipo de pero seríamos más auténticos, seríamos nosotros mismos.

Me miró y yo ya sentía ese pero clavado en el alma.

-Me gustas, pero… -bajó la mirada- estás gorda.

Le miré. Me tomé unos segundos para pensar mi respuesta y finalmente le dije:

-Eres gilipollas.

Abrió los ojos clavando su mirada en mí, esperando algo más por mi parte. Finalmente me dijo:

-¿Pero?

-No, no hay peros. Yo vivo sin peros en la lengua.

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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