Consulta: ¡Soy adicta a la comida!

Lo escucho continuamente; soy adicta a la comida. De hecho, gran parte de vuestras consultas giran en torno a si esa adicción existe y si es posible salir de ella. Un tema, en mi opinión, controvertido quizás no tanto por la veracidad de la existencia de una adicción como tal a la comida, sino por cómo se afronta.

adicta a la comida eva campos navarro¿Existe la adicción a la comida? Pufffffffffff creo que eso, sinceramente, va en gustos. Hasta hace poco (unos tres años) el DSM – V (o lo que viene a ser lo mismo, la guía de psiquiatría que dice lo que sí y lo que no) no contemplaba la adicción a la comida como un trastorno mental. Pero, ¿qué queréis que os diga? Considerarte una adicta es de lo peor que puedes hacer, porque no te va a dejar tener una buena relación con la comida.

Hace años tenía una amiga, a la que llamaremos Agnes, que estuvo llevando a cabo un proceso de pérdida de peso con una particularidad; les trataban como adictos a la comida. Agnes consiguió perder 25 kgs de peso y se quedó estupenda, pero le habían grabado tan a fuego que era adicta a la comida que vivía continuamente en la cuerda floja; si comía aquéllo considerado como “de adicto” (ésto es, azúcar, hidratos de carbono complejos, dulces y una serie interminable de alimentos) ella se sentía una yonqui que jamás dejaría de ser adicta. Si su comida superaba lo que cupiera en la palma de su mano, su mundo se caía. Estaba claro; habían conseguido una efectiva pérdida de peso que se mantendría en el tiempo, pero en vez de una mala relación con la comida por exceso, ese mantenimiento se basaba en una mala relación con la comida por defecto, pero el problema (la mala relación con la comida) seguía ahí y, peor aún, grabado a fuego en su identidad.

Pero Ágnes no es un caso aislado. He tratado a decenas de personas que se has puesto en contacto conmigo antes o después de un tratamiento completamente desesperadas porque ¡soy una adicta a la comida! Un ejemplo de una de las últimas consultas que me han llegado a través del contacto:

Hola Eva, me llamo María y tengo 34 años. Mi problema es que no puedo dejar de comer, no puedo dejar de pensar en comida. Mi día se resume en levantarme, irme a trabajar, volver a casa y encerrarme con chocolatinas y comida basura. Hay días que me digo “Venga, María, hoy cena algo más sano” y a veces lo consigo, pero no dejo de pensar en todo lo que he dejado de comerme, como unas ensaimadas que me quedaron del día antes, y al final no puedo controlarme y me las como. Creo que soy adicta a la comida y no sé cómo salir de ésto, mi vida gira en torno a la comida, en torno a qué será lo próximo que coma o cuándo podré pegarme un atracón. ¿Puedes ayudarme?”

Lo primero es olvidarte de una frase tan lapidaria como ” soy adicta a la comida”. Más allá de si la adicción existe o no, un debate interesante pero que a ti ahora no te aporta lo que necesitas, está claro que si tú vives desde el “soy”, acabarás siendo. Se llama ser Coherente. Voy a explicarlo fácilmente:

Todo aquéllo que lleve el verbo “ser” está directamente relacionado con mi identidad, es decir, con aquéllo que creo que soy. Y si yo creo que soy algo, ¡me comportaré de esa manera! Por ejemplo, cuando tú crees que eres una mujer decidida, tomas decisiones. Cuando te consideras una mujer ordenada, limpias y ordenas tu casa. Cuando te crees simpática hablas con la gente, sonríes y tienes un buen talante hacia ellos. Pues lo mismo funciona al revés; cuando tú te dices que eres una glotona, comes. Cuando te dices que eres un desastre, te cuesta la vida organizarte. Y, sí, eso es; si te dices que ERES una adicta, te comportarás como tal. Por lo tanto, mi primer consejo es que dejes de decirte que eres una adicta a la comida para cambiarlo por algo como “tengo una mala relación con la comida” o “Estoy en un periodo de mi vida en el que como muy mal”. Dítelo en voz alta. ¿Con qué te sientes mejor, más esperanzada? Seguramente con alguna de las dos frases alternativas ya que te permiten verlo como algo temporal, algo de lo que puedes salir. Busca una tuya, propia, que te haga sentir cómoda y con esperanza.

Por supuesto, ésto no es lo único que puedes hacer pero sí que te va a ayudar a sentir que puedes salir de ese callejón sin salida que son las etiquetas. Y ese es un principio. Además, deja de pensar que el mundo tiene dos versiones de personas; las que son adictas y las que no. Los pensamientos de blanco/negro, sí o no, etc. nos llevan de cabeza a dos cosas; la primera es a pensar que o lo hacemos todo bien y somos perfectas o lo hacemos todo mal y somos lo peor, pero también a vivir constantemente culpándonos de lo que somos y hacemos, e incluso de lo que pensamos. Y estoy segura de que no te mereces vivir así. Y si tú piensas que sí, amiga mía, vete ya, corriendo, a un buen psicólogo que te ayude.

Por supuesto que lo mejor que puedes hacer por ti misma es asumir que tienes un problema que sola no sabes superar y buscar un buen profesional que te apoye en el camino. Pero ¡Recuerda! Busca uno que no trate tus problemas con la comida como una adicción, sino como una consecuencia de otras cosas que son las que tenéis que descubrir juntos. Pregúntale si considera que puedes ser adicta a la comida; si la respuesta es sí o que se tendría que estudiar, es probable que ese profesional crea en las etiquetas, aunque sean de diagnóstico, y tú ya sabes qué sucede con ellas. Empieza a dejar de considerarte una adicta para comenzar a considerarte una persona que tiene un problema y comenzarás a ver el camino despejado.

Si quieres hacerme una consulta o pregunta, puedes ponerte en contacto conmigo y publicaré un artículo como éste respondiéndola.

Coach, psicóloga y escritora. Soy más lista que el hambre, y tengo razones de peso.

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contactoTodos estos temas y muchos más podemos tratarlos a través de consultas privadas. Sólo tienes que ponerte en contacto conmigo para una cita previa.

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Y tú, ¿qué piensas?